JACA

La ciudad de Jaca en imágenes

Vista de la Peña Oroel desde la Avenida del mismo nombre. En los años cincuenta, todo era descampado y esto era un borde de un terraplén que bajaba, lleno de hierbas y flores, hasta la arboleda que circundaba el río Gas.

Yo vivía entre dos casas, la de mis padres y la de mi tía Pilar. Entre medio de las dos estaba el colegio de Santa María y mientras la casa de mis padres daba a la carretera que conducía al río Aragón, la casa de mi tía Pilar, en la calle Ferrenal, donde nací, era en la que pasaba más tiempo, pues muchas noches nos quedábamos a dormir en ella mis padres y yo debido a que había habitaciones para todos y por las noches mis padres, mi tía y unos amigos y amigas de ellos acudían a jugar a las cartas. En realidad, el colegio estaba mucho más cerca de la casa de mi tía que de la de mis padres y lo mismo el trabajo de mi padre en Correos. Cuando me levantaba por las mañanas y abría el balcón de mi habitación, lo primero que veía era la Peña Oroel y justo debajo del balcón de mi habitación estaba el jardín del cuartel de Los Estudios, acuartelamiento militar donde veía como los soldados hacían la guardia, los cambios de guardia, etc, y en más de alguna ocasión, mi madre les había mandado a través de una cuerda por el balcón más de un bocadillo. El final de la calle Ferrenal, era descampado, el limite del pueblo y había una explanada de hierba con unos 45 grados de inclinación y con una extensión de aproximadamente dos kilómetros de larga por uno de ancha en bajada, pero llena de hierbas verdes y en verano aquel campo inclinado se llenaba de margaritas y de amapolas. Al final discurría tranquilo el río Gas, muy inferior en cauce y profundidad al río Aragón, y en verano era al Gas a donde acudíamos la pandilla principal de amigos, que éramos Enrique, Victor y yo a bañarnos. De las ramas de los árboles cortábamos la madera para hacernos auténticos arcos y flechas que luego usábamos para jugar a indios y vaqueros. Yo tenía un rifle y un revólver de juguete, pero muy bien hechos, que disparaban por el cañón balas de plástico. Los arcos y las flechas las hacía yo en mi casa (la de mi tía Pilar) y muchas veces prefería dejar a mis amigos el rifle y el revólver pues yo escogía ser indio y llevar arco y flechas. Un tío de mi amigo Victor tenía una carpintería y recuerdo que nos hizo a los tres unas tremendas espadas medievales de madera, enormes y pesadas para nuestra estatura de niños y cuando jugábamos a cruzados con otros niños de las calles, siempre les ganábamos nosotros pues ellos llevaban espadas de plástico que les habían traído los Reyes Magos en Navidad, pero las nuestras, aunque de madera, eran muy superiores y reales al lado de las otras que eran de juguete. Debíamos de tener un Angel de la Guarda sobre cada uno de nosotros, pues con esos espadones hubiera sido muy fácil, hacer daño sin querer a nuestros enemigos, pero nunca ocurrió tal percance, simplemente, con nuestras espadas enseguida desarmábamos a los contrincantes.


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